El maestro Juan Martínez que estaba allí, Manuel Chaves Nogales

“A mí la toma del poder por los bolcheviques, los famosos diez días que conmovieron al mundo; me cogieron en Moscú vestido de corto, bailando en el tablado de un cabaret y bebiendo champaña a todo pasto”.

A Juan Martínez, este maravilloso e inesperado personaje creado por Chaves Nogales, la Revolución Rusa le pilla bailando, ganándose la vida como flamenco exótico en un país extraño, complejo, a punto de vivir una de las mayores convulsiones de la época contemporánea.

Y resulta que este bailarín flamenco se convertirá en el mejor testigo de todo lo que sucede, en el mejor filtro para interpretar los hechos; el de una persona que transmite cómo se vive, cómo afecta cada una de las decisiones políticas, las batallas, lo enfrentamientos; que no se deja llevar por las ideologías que encorsetan y empobrecen el pensamiento: el maestro Martínez nos narra lo que vive, lo que siente… y es que el hambre, la pobreza, la muerte y la miseria son lo que son; poco importan las siglas o las entelequias políticas con las que las queramos justificar.

La mayor virtud de la novela está en el equilibrio que existe entre la descripción cruda, sin filtros, que se hace de la miseria del día a día de los ciudadanos impotentes ante la guerra que ha invadido su existencia; y la ternura de unos personajes que buscan la salida a cada situación como pueden, con la única idea en la cabeza que pueden tener: sobrevivir. Además, como los buenos aderezos, de vez en cuando se cuela alguna perla, una sabia interpretación, una reflexión que nos ayuda a valorar los acontecimientos históricos (tanto los concretos de la novela como cualquier otro) de un modo bien diferente, utilizando otras herramientas, alejadas de los manuales y las teorías políticas e históricas.

La lectura es enriquecedora, templada y, por muy extraño que pueda parecer por la coyuntura del contexto, hasta amable. Es un íntimo canto a la libertad del pensamiento y del individuo, una llamada de atención para la quebradiza memoria de todos los que se dejan llevar por el absorbente día a día de su cotidianeidad.

“Se había desatado una furia loca en las calles, y todo el que tenía un fusil lo disparaba a ciegas, sin saber contra quién ni por qué […]. Algunas veces vi caer al que estaba delante de mí y al que estaba detrás, mientras yo me palpaba el cuerpo extrañado de haberme quedado de pie. Y, en definitiva, un poco contento, porque había ganado un puesto en la cola y tenía un probabilidad más de alcanzar el panecillo”.

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