IRÈNE NÉMIROVSKY, de la clandestinidad a la historia

Vivir entre guerras y revoluciones 

Irène Némirovsky debería formar parte, prácticamente desde que empezó a escribir, de esa lista de autores clásicos que aparecen en todos los manuales de historia universal de la literatura contemporánea. Su talla literaria la debería haber colocado al lado de autores de su tiempo como Hemingway, Céline, Borges, Faulkner o su compatriota Nabokov. Su nombre tendría que ser uno de esos que nos vienen automáticamente a la mente cuando nos preguntan nombres de escritores, independientemente de que hayamos leído algo suyo o no: Cervantes, Shakespeare, Proust, Kafka, Tolstói… Némirovsky, ciñéndonos a sus logros literarios, es una autora que cuenta con, al menos, tantos méritos como ellos.
Desafortunadamente para ella, y para todos los ávidos lectores que pasaron sus días sin poder descubrirla, Irène Némirovsky tuvo que afrontar, como tantos otros europeos de su época, dos guerras mundiales y una revolución rusa; todo eso en una vida solamente, y una vida corta, además.

Iréne NémirovskyNació el 11 de febrero de 1903 en Kiev, entonces parte del Imperio Ruso. Era hija de un banquero judío, uno de los más ricos de Rusia y, por lo tanto, se educó en una de las familias más acaudaladas de su época. Fue criada por una institutriz francesa, algo muy propio en la Rusia del momento, por lo que siempre percibió el francés como una lengua natural, casi materna; de hecho, fue la lengua que escogió para la literatura.
La Revolución rusa de 1917 dejó a su familia, representante de la más alta y pudiente burguesía, en una difícil posición, tanto, que en 1918 se vieron obligados a abandonarlo todo y emigrar, primero a Finlandia y posterior y definitivamente a Francia. El tema del exilio formará parte de algunas de sus obras, como Nieve en otoño.
En los años veinte Irène comienza a escribir en francés, a frecuentar los círculos intelectuales y aristocráticos y a adquirir cierta notoriedad. En 1926 se casó con Michel Epstein,
un ingeniero convertido en banquero, y en 1927 escribe una novela corta, Un niño prodigio. Hasta 1929, no llegaría su primera novela, recibida con entusiasmo por la crítica francesa, David Golder. Parecía el principio de una brillante carrera literaria.
Pero eran los años 30, y era Europa. La amenaza de una segunda guerra mundial y el crecimiento voraz del antisemitismo por todo el continente empezaron a dibujarse en el horizonte y el destino de esta brillante escritora. A pesar de que siguió escribiendo y publicando en francés, y de estar perfectamente integrada en la sociedad francesa, nunca pudo conseguir la nacionalidad, obviamente, por su condición de judía. Incluso llegó a convertirse al catolicismo en 1939, pero de nada sirvió. Llegaron obras brillantes, eso sí, como El baile, El caso Kurílov o El maestro de almas.
En 1940, con el gobierno de Vichy ya establecido, las leyes antisemitas promulgadas por éste ahogaron a la familia de Némirovsky, impidiéndola a ella publicar y a su marido seguir trabajando en la banca. Además, se vieron obligados a portar la famosa y denigrante estrella amarilla. En estos años tuvo tiempo de escribir Los perros y los lobos, publicada tiempo después.
En 1942 los peores presagios se cumplieron cuando fue arrestada e internada en el campo de concentración de Pithiviers y, posteriormente, deportada a Auschwitz, donde murió enferma de Tifus el 17 de agosto. Su marido fue ejecutado en la cámara de gas meses más tarde. Suite francesa - Iréne Némirovsky
Sus hijas, Denise y Élisabeth, consiguieron sobrevivir a esta terrible época y, admirablemente, conservar los manuscritos de su madre. En el maletín que llevaban siempre con ellas se encontraban los papeles que contenían una de las mejores novelas escritas en el siglo XX, Suite francesa, que retrata magistralmente los años de ocupación alemana de Francia. Gracias a ellas y a su afán por conservar esas maravillosas páginas, hemos podido disfrutar de ellas.

Gran intensidad creadora 

A pesar de haber vivido tan solo treinta y nueve años, Irène Némirovsky nos dejó una buena cantidad de obras, todas ellas de una gran factura. Representa esa literatura que, sin grandes exabruptos ni alardes, consigue reflejar maravillosamente lo más abyecto y lo más
sublime de la condición humana. Es admirable su capacidad para dibujar personajes con una gran riqueza emocional y de pensamiento, con un profundo mundo interior. Todo ello siempre acompañado por un contexto social e histórico que pone a prueba las bondades y maldades de sus caracteres; ella misma tenía mucho en lo que poder inspirarse.
No importa si hablamos de una niña adolescente que no comprende exactamente cómo integrarse en la vida burguesa, de bailes y salones, como sucede en El baile, o si es un pequeño niño con un enorme talento pero poca orientación, como en El niño prodigio. En todo caso nos muestra los rincones más recónditos de su pensamiento y su sensibilidad, como si fuera capaz de describir con precisión y sutileza cualquier experiencia que el ser humano pueda tener.
Tres novelas de los años treinta destacan en su obra: El caso Kurílov (1933), un maravilloso relato que nos sitúa en la piel de un revolucionario bolchevique que ha de cometer un asesinato, un espléndido diálogo entre la vida y la muerte: “Pero con la muerte se puede contar tan poco como con la vida. Aún sigo aquí… Solo el diablo sabe por qué. La vida es absurda. Afortunadamente, para mí la función está a punto de acabar”.
En El maestro de almas (1939) nos cuenta la vida de un joven médico salido de la pobreza que alcanza notoriedad aprovechándose del auge del psicoanálisis, lo que nos da la posibilidad de entrar en contacto con todo tipo de personalidades en el París de los años treinta, retratados con la habitual y fina agudeza psicológica de nuestra autora.
Especialmente amarga resulta Los perros y los lobos (1940), un inquietante estudio sobre la condición judía y sobre su situación tras la revolución bolchevique. Todo ello, que no es poco, aderezado con los atormentados sentimientos de los personajes debido a un complicado triángulo amoroso. Como las demás, una novela que no deja indiferente: “Como todos los judíos, también él experimentara el sentimiento, oscuro y un poco inquietante, de arrastrar consigo un pasado más largo que el de la mayoría de los mortales”.

Suite francesa 

Finalmente, debemos hablar de Suite francesa, descubierta tras su muerte en uno de sus manuscritos. Es, sin duda, la mejor obra de la autora y, hay que decir, una de las mejores novelas europeas del siglo XX. Retrata con singular acierto uno de los momentos más complejos de nuestra historia reciente, la ocupación nazi de Francia. Los odios que despierta, pero también la convivencia amable e incluso los amores y desamores. Las preocupaciones de los que veían cómo su mundo se desmoronaba y todo lo que habían construido se convertía en
polvo; y los sentimientos amorosos y clandestinos de jóvenes francesas atraídas por lo exótico, desconocido y, en cierta forma, prohibido.
Un relato fantástico, fino y sutil, pero firme y contundente. Profundo y con fuerza.
Una autora maravillosa e imprescindible. Acérquense a conocerla y den sentido a su vida. El esfuerzo, como el que ella hizo, merece la pena.

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