Joseph Roth: escritor austriaco muerto en París

Joseph Roth (Brody, 1894 – París, 1939), el escritor austriaco muerto en París, como lacónicamente reza el epitafio de su tumba en París, es uno de los autores más notables del siglo XX por su brillantez y su acierto en el análisis de cuanto aconteció en Europa entre 1914 y 1939, por la honestidad y destreza con la que lo contó, y por la vigencia y modernidad de su pensamiento casi cien años después.

Joseph Roth 2Nació en el Imperio austrohúngaro y lo vio desaparecer, vivió la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa, el ascenso del antisemitismo que padeció por su condición de judío, sufrió el exilio tras el ascenso del nazismo, se casó con una mujer que acabó enfermando a causa de una esquizofrenia por la que tuvo que ser ingresada continuamente en sanatorios. Finalmente, acabó devorado por su alcoholismo, en París, en el año 1939.

Como se puede imaginar, esta turbulenta biografía marcó su existencia y su obra, muy condicionada por sus circunstancias vitales, que lo influyeron tanto personal como artísticamente. Uno de los aspectos más definitorios fue la desaparición del Imperio austrohúngaro tras la Primera Guerra Mundial, del que era fiel defensor y el cual sentía como su patria, algo que manifestó continuamente posteriormente, pues nunca llegó a sentirse ubicado en ningún otro lugar.

“La fe en la jerarquía transmitida por tradición estaba tan firme y fuertemente arraigada en el alma de Franz Xavier que no amaba al Emperador por sus cualidades humanas, sino por las imperiales. Rompía toda relación con amigos, conocidos y parientes si, en su presencia, dejaban caer algún comentario que a su parecer faltase al respeto al Emperador” (En El busto del emperador, 1935).

A partir de la desmembración del Imperio lo acompañó una sensación de exilio y desubicación constante, de patria perdida y de indefinición. Los nacionalismos, que tanto criticó, lo habían despojado de su identidad de habitante cosmopolita del Imperio y del mundo.

Antes se puede detener la peste que la imbecilidad, el fanatismo, la rudeza de corazón […]. Podemos, aunque con dificultad y esfuerzo, marcharnos de los países cuya nacionalidad arrastramos. Pero de la época en la que hemos nacido jamás podremos escapar […]. Nuestra época es nuestra patria […]. ¿Tener una patria? No se trata de eso. Sólo se tiene una patria cuando se la encuentra, es decir, cuando se ha escuchado la llamada del bien” (En La filial del infierno en la Tierra, 1937).

Su desenlace no podía ser sino trágico; el alcoholismo acabó destruyendo lo que quedaba de él, su familia y su mujer desaparecieron en campos de concentración nazis y sus obras quemadas en el III Reich.

Sí nos queda, años después, la recuperación de todo su trabajo: vigente, preclaro y digno de toda la atención que merece quien vio y analizó brillantemente su época, y recordándonos todo aquello que, desgraciadamente, el devenir de los tiempos y la fragilidad de la memoria pudieran volver a traernos.

Roth, como tantos otros, dio brillo con su literatura a una época gris y maldita. La Europa de entreguerras fue tan trágica y desasosegante como prolífica en escritores brillantes, como Andric, Kafka, Schulz, Márai, Némirovsky o Zweig, por citar sólo algunos.

Joseph Roth_La marcha Radetzky

Quien quiera comprender lo que sucedió en Europa a principios del siglo XX bien puede comenzar leyendo a este magnífico escritor, especialmente con títulos como La marcha Radetzky, El busto del emperador, La filial del infierno en la Tierra, Job o La leyenda del santo bebedor.

“Los Trotta no eran de antigua linaje. El fundador de la dinastía había obtenido el título de noble después de la batalla de Solferino. Era esloveno. Fue nombrado señor de Sipolje, ya que así se llamaba el lugar de donde era oriundo. El destino le había escogido para una hazaña especial. Pero él procuró que los tiempos venideros se olvidaran de su persona” (En La marcha Radetzky, 1932).

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