Un libro de oro

Una vez escribí sobre el tema de la divulgación científica, especialmente en la especialidad que me concierne y sobre la dificultad para llegar al lector. Aquella vez ni siquiera hablé de muchos libros que reunieran los exigentes requisitos que yo pedía (apenas dos me parece recordar). Y además fueron de temas relacionados con la física. Sabiendo la dificultad que ello conllevó, ni siquiera me planteé que pudiera existir un libro de divulgación de las matemáticas. Pensaba que quizá uno de historia… Pero la historia de las matemáticas no es precisamente una rama muy famosa como para que un académico se vaya a poner a escribir divulgación sobre ella. Y al contrario de lo que pensará el lector, ciertas maneras de entender las matemáticas como lo hacían antiguamente es algo bastante oscuro y complicado. Pues bien, quizá por azar o quizá por esa cabecita que tiene tan distinta de la mía (en todos los aspectos), mi hermano me sorprendió dando con el libro de divulgación perfecto sobre matemáticas.

Es asombroso cómo desde que abres el libro y te lees las primeras páginas ya te ves metido en él de inmediato. Una persona como yo, que además ha cursado una asignatura llamada precisamente “Historia de las matemáticas”, lo normal es que cuando abra un libro Un libro de orode estas características lo haga con escepticismo (es decir, desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo). Y que cuando lea dos o tres hojas y se dé un rápido garbeo por algunos capítulos posteriores, deje el libro cogiendo polvo y se dedique a otros quehaceres más provechosos. He de reconocer que esa era mi total intención. Pero ahí se quedó, en una intención.

El libro es una maravilla. Manteniendo una mente rigurosamente científica, dedica más de las cien primeras páginas del libro a desmentir. A hablar de la cantidad de tonterías que numerosos numerólogos afirman sobre la existencia de los famosos números irracionales en varias construcciones artísticas del pasado. Ni para en ningún momento realmente. Mofándose de ello, incluso argumenta que cogiendo ciertas medidas del televisor de su casa se pueden encontrar relaciones cercanas al número áureo: ¡Y está claro que la compañía que construyó su televisor no se dedicó a eso!

La primera vez que parece reconocer abiertamente que el número áureo aparece en el arte es a finales del siglo XIX, me parece recordar. Pero aprovecha esto para realizar un recorrido por la historia de las matemáticas y sus pintorescos personajes que las dieron luz, llenándolo de anécdotas y curiosidades que hacen del libro una joya al entretenimiento para aquellos que sin querer profundizar puedan estar interesados en ello.

De todas maneras (no me cansaré de repetirlo), este no es un libro para gente de “Código da Vinci”, esto no se lee como se bebe el agua fresca un día de verano. Esto es como una sopa servida muy caliente: es mejor ir lento, porque si no te quemas. Y además hay que estar interesado en ello, hay que sentir curiosidad, hay que ser un poco científico y analítico. Esto no es un paquete de pipas.

El título del libro es La proporción áurea y el autor es Mario Livio

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