Los Buddenbrook, de Thomas Mann

“Hijo mío, atiende con placer tus negocios durante el día, pero emprende sólo los que te permitan dormir tranquilo durante la noche”.

Las grandes obras literarias son las que no sólo se leen, se releen. Se consultan impulsivamente en momentos de tribulación, cuando la vida nos sitúa en posiciones en las que necesitamos recuperar los consejos y enseñanzas que un día aprendimos y que, por algún motivo, se habían desvanecido entre el ímpetu y la velocidad de la vida diaria. Esas novelas no son únicamente una experiencia literaria, sino una experiencia vital. Han de calar en el individuo de una manera que provoque un cambio en su visión de las cosas, en la perspectiva desde la que las afronta, en su mentalidad, o en todo su ser. Probablemente no todas las obras deban aspirar a algo así, ni siquiera todas las obras que merecen la pena lo hacen, pero Los Buddenbrook, de Thomas Mann, sí.

Y es que esta saga familiar, publicada en 1901, consigue dejar el poso necesario para que una novela se convierta en algo más, en una experiencia profunda y reveladora.

Thomas MannEl autor, Thomas Mann (1875-1955), ganador del Premio Nobel en 1929 con mención especial para Los Buddenbrook, siempre ha sido más comentado por la crítica reciente por obras como Muerte en Venecia o La montaña mágica, dos títulos también muy recomendables. Alemán exiliado por sus ideas contrarias al nazismo y el antisemitismo, muy comprometido políticamente, impregnado por las ideas de Schopenhauer y Nietzsche, Thomas Mann es, sin duda, uno de los grandes novelistas universales del siglo XX.

En Los Buddenbrook, contextualizada entre los años 1835 y 1877, encontraremos múltiples temas sobre los que el autor siempre tendrá algo que decir que tenga que ver con una visión profunda y lúcida de las cosas. La religión, el amor, la economía, las relaciones sociales, la burguesía, el proceso histórico que vivió Alemania en esos años… todo tiene cabida en esta amplia novela. Sin embargo, hay un tema que se impone sobre los demás: la decadencia, la de una familia burguesa de comerciantes de Lübeck que consigue llegar al máximo nivel de esplendor, respeto y reconocimiento social hasta que, paulatinamente, ve cómo todo ese entramado tejido con el mayor decoro y esmero se va desmoronando con el pasar de los años, el cambiar de los tiempos y el desacierto de las nuevas generaciones, incapaces de gestionar una herencia que va mucho más allá de la empresa familiar y las dotes.

“Pero el afán de conservar los sólidos valores burgueses cubría como un denso manto todas aquellas libertades, y si la norma principal del cónsul era guardar las apariencias, en eso representaba por entero la postura de sus conciudadanos”.

El ritmo de la narración es tan pausado como firme y contundente, no recomendable para lectores impacientes que quieran resoluciones rápidas, simples y facilonas. Aquí hay calma, una calma tensa, que no elude la crudeza ni endulza una realidad amarga, pero que tampoco se recrea en el dramatismo ni la morbosidad, sino que se apoya en un relato sincero y unos personajes veraces y llenos de matices que sólo una lectura tranquila puede ayudar a comprender.

La experiencia de Mann (Los Buddenbrook no son sino un trasunto de su propia familia) se convierte en algo propio y en algo nuevo al mismo tiempo, pues ya se sabe, como dijo Tolstói ”Todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas a su propia manera”. Un poco de todo eso encontrarán en esta gran novela.

Deja un Comentario

Tu dirección de email no será publicada. Required fields are marked *

*