Matar a un ruiseñor, de Harper Lee

“Tienen derecho a creerlo, ciertamente, y tienen derecho a que se respeten en absoluto sus opiniones –contestó Atticus-, pero antes de poder vivir con otras personas tengo que vivir conmigo mismo. La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno”.

    Año 2016 d.C. y todavía podemos aplicar a nuestro mundo cotidiano mucho de lo que Harper Lee nos contó en Matar a un ruiseñor. Al fin y al cabo, la novela no es sino la evaporación de la inocencia de una niña, Scout, tan lúcida como tierna, ante una realidad que desgarra cualquier vestigio de su infancia. Tan real entonces como ahora; tan triste en 1960 –fecha de publicación del libro- como hoy.

   Y todo eso a pesar del tono maravillosamente amable, sutil y suave de la narración, como si intentase no contagiarse por la agresividad de una sociedad, Alabama en 1935, intolerante e infame con los negros, hasta el punto de condenar injustamente a uno de ellos a pesar de la plena conciencia acerca de la terrible inequidad que cometían (insistimos en las grandes coincidencias que pueden encontrarse con el mundo actual). Lo cual sucede, dicho sea de paso, a pesar de los esfuerzos y desvelos de Atticus Finch, ese abogado y padre ejemplar, modelo de comportamiento, imperturbable, fiel siempre a sus principios y valores, inapelable en lo que a la educación de sus hijos se refiere, afectuoso en la adversidad… uno de esos personajes que, si no existieran, habría que inventarlos. Nunca mejor dicho, en realidad, ya que precisamente porque no existen debemos inventarlos, para no olvidar hacia dónde queremos ir como seres humanos, aunque sepamos de antemano que allí, tan lejos, nunca vamos a llegar.

    Cada personaje en Matar a un ruiseñor está bien definido, todos tienen un sitio destacado, aunque este sea pequeño, y forma parte del universo que rodea a la joven Scout, quien poco a poco descubre lo complicada y tortuosa que puede ser la vida, y lo importante que es armarse bien para enfrentarse a ella, con conocimientos y estoicismo, con compañeros como Atticus y Jem, que se encargarán de guiarla en su crecimiento personal, lo que equivale a decir en la muerte de su infancia.

     Todos ellos saben, al igual que el lector, lo que le pasará a ese pobre negro, culpable únicamente de estar en el sitio incorrecto en el momento menos adecuado. A pesar de ello, asistimos asombrados a un proceso que, aunque anunciado, no es menos doloroso. Pero leerlo nos educa; nos prepara para esas cosas de la vida que, aunque injustas e inmerecidas, vendrán inexorablemente. Como la muerte de Tom Robinson.

    Pero no nos engañemos, esta “América profunda” que retrata Harper Lee existe todavía, y no únicamente en suelo americano. Existe en cada prejuicio racial, en cada imposición violenta, en cada hombre machista y en cada jefe explotador. La encontramos todavía y la seguiremos encontrando, quién sabe, probablemente crezca incluso. Será así mientras no creamos en la educación como solución, mientras permitamos que nuestros hijos sigan pegados a las tablets y smartphones y se alejen cada vez más y más de los libros y las bibliotecas.

     La cultura es la única cura y la esperanza que nos queda.

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