Post tenebras spero lucem: Obabakoak, de Bernardo Atxaga

En Obabakoak, de Bernardo Atxaga, encontramos una continua e interesante reflexión literaria y lingüística, acerca de la intertextualidad, la metaliteratura y los inicios de una literatura vasca que ha de andar un camino creando sus propios ejemplos y referentes literarios.

Esta reflexión se vertebra siguiendo uno de los modelos literarios más antiguos, el del relato-marco, el mismo que tiene como referentes grandes obras universales como Las mil y una noches, Calila e Dimna, El Decamerón o El Conde Lucanor. No deja de ser una metáfora acertada esto mismo, pues no hay que olvidar el enorme significado que tiene esta obra como pilar fundacional de la literatura vasca, del mismo modo que las obras citadas anteriormente en sus respectivas tradiciones literarias.

Como la propia sentencia latina que aparece en uno de estos relatos, Post tenebras spero lucem, lo cierto es que Bernardo Atxaga consigue que surja esa luz después de años de oscuridad dictatorial para la lengua y la literatura vasca. Algunos años después el camino parece más claro después de los primeros pasos que dio el autor vasco, entre otros.

Obabakoak destaca por la libertad con la que mezcla lo real y lo imaginario y con el acierto con el que une relatos aparentemente independientes. La narración de Atxaga es siempre firme y acertada, maneja los diferentes puntos de vista narrativos y elabora descripciones y metáforas poco extravagantes pero siempre muy expresivas y elocuentes.

Sus continuas referencias metaliterarias son un ingrediente atractivo, pues siempre es un aliciente para el buen lector la reflexión y las alusiones a la propia literatura, ya que provoca complicidad entre el autor y el lector, al comprobar éste la cercanía con aquél en cuanto a la coincidencia de esas referencias.

Un buen libro por su significado histórico para la literatura vasca y por invitarnos a una siempre estimulante reflexión literaria:

“Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto. Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.

—Amo —le dijo—, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.

—Pero ¿por qué quieres huir?

—Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.

El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán. Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte.

—Muerte —le dijo acercándose a ella—, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?

—¿Un gesto de amenaza? —contestó la Muerte—. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado”.

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