Vida y destino , de Vasili Grossman

      “Todos los hombres son culpables ante una madre que ha perdido a un hijo en la guerra; y a lo largo de la historia de la humanidad todos los esfuerzos que han hecho los hombres por justificarlo han sido en vano”.

Cuando el lector se enfrente a Vida y destino y tenga esta gran novela entre sus manos, sosteniéndola y sopesando si leerla o no, ha de saber que el libro que maneja es realmente extraordinario al menos por dos motivos fundamentales: por su grandeza literaria en primer lugar y por el trabado y difícil camino que ha sufrido para llegar a su poder en segundo. Por lo tanto, no debe olvidar que se encuentra ante un hecho casi milagroso, incluso antes de poder leer sus primeras palabras: “La niebla cubría la tierra. La luz de los faros de los automóviles reverberaba sobre la línea de alta tensión que bordeaba la carretera”.

Y es que Vida y destino, escrita en 1959, no tenía prácticamente ninguna opción de ser publicada debido a su posición crítica hacia el gobierno estalinista y, de hecho, no salió a la luz hasta 1980. Además, en España pasó completamente desapercibida en su versión anterior, traducida del francés, por lo que el hecho de que su más reciente publicación, ya traducida del ruso, haya supuesto un éxito editorial tan rutilante es, sin duda, un evento conmovedor y extraordinario.

Este éxito es, sin duda, nada menos de lo que merece, pues Vasili Grossman es autor de una obra capaz de seguir y mantener la línea y la alta calidad literaria de otros autores rusos, como Tolstói, Pasternak o Aleksandr Solzhenitsyn, resistiendo comparaciones sin complejos. Su Vida y destino es capaz, como Guerra y Paz o El Primer Círculo, de plasmar lúcida y nítidamente una época y una situación difícilmente explicables y comprensibles, y lo hace a través del individuo, de sus circunstancias, sus vivencias y su enfrentamiento con esa realidad tan indeseable y conflictiva con sus intereses, en este caso, el gobierno estalinista y la II Guerra Mundial.

Del estalinismo no sólo critica su brutalidad, su falta de consideración hacia el individuo en un sentido global o conceptual, sino que muestra perfectamente cómo el ser individual choca constantemente contra él en su cotidianeidad, en los actos diarios más simples, llevándolo a un estado de desesperación e indefensión capaz de anular cualquier conato de humanidad y distinción.

Vida y destinoLos personajes, otro de los aciertos del autor, por su dibujo certero y por la fuerza que cada uno de ellos desprende, nos conducen a través de esa realidad que siempre constata la lucha de cada uno de ellos ante una situación hostil y, aparentemente, infranqueable; ya sea ésta la vida en un campo de concentración, los impedimentos de una burocracia rígida y un funcionariado hipertrofiado ante las peticiones más sencillas, o las dificultades de un alto científico para llevar a cabo su actividad. En todos los casos, sin embargo, queda siempre un trazo de grandeza humana que consuela comprobar que sigue existiendo a pesar de las circunstancias.

      “Las personas saben cómo vencer el miedo; los niños caminan en la oscuridad, los soldados entran en combate, un joven da un paso adelante para saltar al vacío en paracaídas. Pero aquel otro miedo, particular, atroz, insuperable para millones de personas, estaba escrito en letras siniestras de un rojo deslumbrante en el cielo plomizo de Moscú: el miedo al Estado…”.

Todo ello se enmarca, pues no podemos olvidar que nos encontramos ante una novela histórica, en un contexto descrito con sobriedad y precisión, trasladando un conflicto bélico que no por muy conocido y narrado en múltiples ocasiones, deja de sorprender y emocionar.

      “La primera mitad del siglo XX será recordada como una época de grandes descubrimientos científicos, revoluciones, grandiosas transformaciones sociales y dos guerras mundiales”.

Nos quedan, tras esta intensa lectura, muchas reflexiones. Una de ellas, la idea de que, tanto en éste como en otros conflictos, lo más difícil a veces empieza cuando acaba la guerra en sí: De la guerra había surgido la paz, una paz pobre, miserable, casi tan ardua como la guerra.

 

 

 

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