The willing suspension of disbelief: la suspensión de la incredulidad

    En 1817 el poeta romántico Samuel T. Coleridge utilizó la expresión willing suspensión of disbilief, que se ha traducido tradicionalmente como “suspensión de la incredulidad”, para referirse a la capacidad de los lectores para interpretar un relato, por muy fantasioso o imaginario que sea, siempre que transmita un mensaje de verdadero interés humano.

    Es decir, el lector debe tener “fe poética” para convertirse en partícipe y cómplice de todo el proceso imaginativo del autor, si quiere entender el mundo que ha creado y formar parte del mismo juego que se le propone. De esta manera, dará por válido todo aquello que, en el mundo real, resultaría inverosímil: criaturas mitológicas, mundos imaginarios, vulneración de las leyes naturales, elementos mágicos…

    Es importante que nunca perdamos de vista este planteamiento y que cuando comencemos a leer un libro lo hagamos con la predisposición necesaria para no sólo intentar entender lo que leemos, sino vivirlo, trasladarnos al mundo literario que se nos presenta, lo que Bajtin definió como el “cronotopo”. Sólo así captaremos en toda su riqueza una obra literaria, o de cualquier otro tipo, en realidad.

    Debemos, además, distinguir entre conceptos diferentes: realismo y verosimilitud. El realismo no es más que uno de las muchas perspectivas que puede adoptar un autor a la hora de relatarnos determinada historia. No es condición sine qua non y, por lo tanto, no resulta, a nuestro parecer, un criterio para considerar una obra como buena o mala. Sí puede serlo, en cambio, el de verosimilitud, entendida como la coherencia que ha de tener la narración dentro de un determinado mundo ficticio o unas coordenadas espaciotemporales que conforman una cosmovisión dada (el cronotopo mencionado anteriormente).

    En muchas ocasiones escuchamos cómo algunos lectores rechazan sistemáticamente cierto tipo de literatura por considerarla demasiado “fantástica” (en otros casos es precisamente ello mismo el motivo por el que les atrae). Tal posición nos parece pobre e injusta y proponemos al lector que se libere de cualquier prejuicio similar y se disponga a juzgar la obra literaria por su construcción y su capacidad para ofrecer experiencias, emociones y aprendizajes, aspectos que conforman la base de cualquier lectura provechosa.

    Merece la pena escuchar al poeta y suspender nuestra incredulidad, ésa que nos impone nuestra vida cotidiana y nuestra habitual visión pragmática de las cosas. Dejemos paso a los relatos fantásticos, imaginativos y lejanos y veremos que están mucho más cerca de nosotros de lo que pensamos.

“Jamás le haremos entender a un muchacho que, por la noche, está metido de lleno en una historia cautivadora, jamás le haremos entender mediante una demostración limitada a sí mismo, que debe interrumpir su lectura e ir a acostarse”, Franz Kafka.

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